… y todo lo que vino después
La primera vez que pensé en el color como argumento de estudio fue cuando vinieron al coworking los representantes de Viabizzuno, a enseñarnos su nuevo “blanco” (no recuerdo el nombre exacto, algo como “blanco Viabizzuno”) que tenía una reproducción cromática superior al blanco estándar. Imagino que se referían a los chips que habían estado usando hasta entonces; no he investigado más allá, y hablábamos de 3000 K.
Trajeron consigo una bolsa de terciopelo roja y nos mostraron la diferencia precisamente en la reproducción del rojo. Fue impresionante. Con ese nuevo “blanco Viabizzuno”, el rojo era intenso, vibrante. Yo no entendía mucho: apenas sabía nada de iluminación artificial (probablemente era 2018; llevaba poco más de un año en este mundo y no tenía una base de conocimiento estructurado). Pero me impactó la diferencia, y sentí la necesidad urgente de entender qué era eso del CRI.
Hasta entonces nunca había pensado que los colores pudieran verse distintos según la luz bajo la que se observaran. Sabía, de forma superficial, aquello de que “es por la luz” cuando algo se ve distinto en una tienda o en la calle, pero era un saber repetido, no comprendido. Algo que comprobaba, sí, pero sin reflexionar sobre ello.
El concepto de CRI se me quedó clavado. Empecé a buscar información, a leer. Recuerdo tres cosas de esos inicios: un artículo que nunca terminé de leer, titulado algo así como The color is in the eye of the beholder; mi convicción de que debía existir una teoría universal del color; y la banda sonora con la que leía: música clásica que empezaba siempre con Las Valquirias, porque no tiene letra y me permitía concentrarme (el silencio, en cambio, me dispersa).
La música sigue siendo la misma ocho años después. Lo que ha cambiado (radicalmente) es todo lo que he aprendido, entendido, recorrido. La sensación es la de haber abierto una puerta hacia un mar infinito, fascinante, complejo, multidisciplinar, inconcluyente. Creo que he aceptado que no hay una única respuesta. Esta falta de cierre fue, en parte, frustrante; pero también me obligó a madurar intelectualmente, a aceptar la relatividad de las cosas, la importancia vital del contexto (en su definición más amplia: geográfico, visual, cultural, temporal), y lo maravilloso de su complejidad. Una quimera, supongo. Me veo toda la vida yendo detrás de ella sin alcanzarla nunca.
El recorrido de aprendizaje lo recuerdo en partes, de forma bastante desorganizada. No sabría ordenar cronológicamente lo que fui descubriendo, pero sí tengo ciertas afirmaciones que marcan el camino:
- El color no es por sí solo: ésta fue una discusión recurrente con un amigo. Él sostenía que sí lo es; yo entendí que no. Ambas posturas, creo, son defendibles.
- Las condiciones sine qua non para que el color exista son tres: una fuente de luz, un objeto y un observador. Y esta idea me lleva a esa especie de paradoja: si un árbol cae en el bosque y nadie lo oye, ¿hace ruido? Pues bien: el color no existe si no hay alguien que lo mire.
- El color puede estudiarse desde casi cualquier disciplina: física, química, biología, neurociencia, semiótica, arte, historia, filosofía, antropología, marketing… Es interminable.
La psicología del color, sin embargo, me produce un cierto rechazo: hay tanto esoterismo flotando ahí que cuesta separar lo que podría potencialmente ser cierto de lo que es supersticioso o manipulador.
¿Pero qué cosas sí he comprendido? El vínculo indisoluble entre luz, color y materia. No se puede hablar de luz sin hablar de color, ni de color sin hablar de luz.
¿Y qué me interesa? A veces, entender la física: cómo se mueven los fotones, qué ocurre exactamente cuando algo refleja o dispersa la luz. Otras veces, la química: los pigmentos, sus espectros de absorción y emisión, el deseo de “ver” el color en una gráfica. Me interesa también la dimensión cultural y simbólica: la carga antropológica del color, cómo se le ha atribuido significado a lo largo de la historia. Me fascinan los pigmentos tierra usados en la prehistoria. Me intriga la asociación casi universal entre rojo = peligro, verde = vía libre. ¿De dónde viene? ¿Hay un conocimiento atávico que convierte estas asociaciones en algo natural e inconsciente? ¿O es sólo un símbolo, semióticamente hablando?
Me interesa la reproducción cromática de las pinturas. Otro aprendizaje clave: cuando aún creía que con una tríada de colores primarios se podía reproducir cualquier tono (CMY en proporciones exactas), descubrí que (spoiler) no se puede. La mezcla sustractiva, por definición, reduce la cantidad de luz reflejada a medida que añades pigmentos. Una mezcla de dos pigmentos nunca tendrá la misma saturación y brillo que un monopigmento.
Me interesa también el hilo conceptual detrás del uso del color en el arte abstracto. Recuerdo una exposición de Mario Nigri, donde uno de los cuadros representaba el eco. Y yo vi el eco. Aunque no fuera una representación basada en el color, ese momento me hizo comprender qué significa transmitir un concepto abstracto en un soporte gráfico.
Eso abrió un nuevo mundo en mi cabeza y alimentó una necesidad que aún tengo: convertir pensamientos en imágenes, a través del color. (Aún no lo he logrado.)
Me pregunto por qué estudio el color. Querría ingerirlo, poseerlo, entenderlo plenamente. Dominarlo.

